Friday, October 26, 2007

Maternidad gestacional: Capítulo 2

26 de octubre, 2007

La única condición que tenía Sheona era tener un segundo bebé antes de tener el nuestro. Ella y Jon estaban en pleno proceso de tratar de embarazarse y, de hecho, habían perdido un embarazo unos meses atrás. Nosotros estábamos – y seguimos estando – un tanto incrédulos, constantemente preguntándonos si en una de esas lo pensaría un poco mejor y se daría cuenta de lo loca que era de ofrecerse. Para darle un tono de realidad al asunto, decidimos arrancar el proceso y pedimos cita con el Dr. Laskin ese verano. Su clínica, LifeQuest, se especializa en temas de infertilidad y ya habíamos trabajado con ellos cuando intentábamos “arreglar” mi problema con anticoagulantes, durante mis últimos dos embarazos. El Dr. Laskin estaba feliz de que hubiéramos decidido pasar a una alternativa que tenía mejores probabilidades para nosotros, y estaba aún más feliz de enterarse que teníamos una amiga tan desinteresada que quisiera darnos un regalo tan maravilloso. Sugirió que los cuatro viéramos a Sherry, la consejera de la clínica, para que pudiera evaluar nuestro nivel de preparación y compatibilidad para sobrellevar un proceso semejante. Rápidamente pedimos cita y a comienzos de junio tuvimos una sesión de cuatro horas con ella. Primero estuvimos los cuatro en una sala con Sherry, donde nos explicó los aspectos básicos de la maternidad gestacional. Luego, Sheona y Jon se sentaron a conversar con ella por dos horas. Finalmente nos tocó a nosotros conversar con ella por el tiempo restante. Sherry concluyó que conformábamos el equipo ideal, que conocíamos nuestras limitaciones y que compartíamos una política de franqueza que sería muy útil, ya que es un proceso tan cargado de emociones donde puedes empezar a sentir inseguridad porque por un lado piensas que estás en deuda con tu amiga porque ella te dio un hijo, pero por otro lado es una deuda que jamás podrás retribuir adecuadamente; puede que creas que en cualquier minuto cambiará de parecer y para evitarlo te comportas como si pisaras huevos. Nos puso nuestro arreglo para cuidar a los perros como ejemplo. Dijo algo como, “Puede que sientas que no puedes decirle que no, aún cuando no puedes cuidar de Rosa. Y, a la inversa, puede que ellos no les quieran pedir para no hacerles sentirse obligados. Y así, de repente, la relación abierta y franca que tienen podría volverse cauta y cortés, o peor – podrían empezar a disfrazar sus sentimientos reales con expresiones falsas y dejar que la tensión se acumule por dentro. No tienen que sentirse obligados a invitarse los unos a los otros a cada cena que organicen, así no es como se comportan regularmente. Tendrán que hacer un esfuerzo por no dejar que la dinámica de la relación cambie demasiado. No pueden dar nada por hecho o dicho. Todo debe ser verbalizado”. Nos aconsejó seguir siendo sinceros y directos y que junto a sesiones con ella según fueran necesarias, debería irnos bien.

Por esos días, Sheona se estaba preparando para partir a Florencia a tomar un curso de producción de cine. Estaba muy ocupada con los preparativos y recuerdo haber notado que el día de la sesión con Sherry se veía radiante. Una semana después, nos anunció que estaba esperando. Esto lo hizo todo aún más real, ya que su única condición se estaba cumpliendo.

También por esas fechas empezamos a hablar de documentar el proceso. Sheona es documentalista y productora de cine y era natural que quisiera producir un documental sobre una experiencia tan tirada de las mechas. Y como yo también soy una especie de documentalista – de mis propios pensamientos y de mi vida, a través de mis diarios – nos pareció una idea fantástica. Poco a poco, su idea evolucionó y pasó de ser un documental sobre el lado emocional del proceso, a ser una especie de cápsula de tiempo para el/la niño(a), para que al cumplir su mayoría de edad pudiera escucharnos narrar su prehistoria; esto en parte porque filmar cualquier parte del proceso tenía implicancias legales para la clínica que no estaban preparados para asumir. La idea de la cápsula de tiempo parecía ser además más orgánica, y no tan “producida” como podría ser la otra.

Sheona partió a Florencia sola, embarazada de su segundo hijo. No le gustó mucho el curso mismo, pero le fascinó Florencia. Jon y Henley la fueron a visitar hacia el final de su estadía. No me puedo imaginar cuánto debe haber extrañado su casa y su familia a esas alturas. Seis semanas sin tu hija, tu pareja, tu almohada, tu perra, tus calles, tu rutina, tus amigos, tu cama... y encima estando embarazada, completamente hormonal y sensible... muy difícil. Pero ella es muy audaz. Admiro completamente su actitud con la vida. Siempre busca lo positivo, lo práctico. No pierde la calma. Otra sorpresita fue que regresó de Florencia con un diamante en el anular. Jon le había pedido que se casara con él y ella le había dicho que sí, mientras se tomaban un café frente al Giardino di Boboli – ¡¡¡QUÉ ROMÁNTICO!!!

Pronto, la pancita de Sheona se empezó a notar y de repente se volvió tremendamente obvia! Las semanas volaron y se hizo más y más grande. Hablamos del parto y Sheona nos pidió que estuviéramos presentes para que viviéramos la experiencia de un parto en casa, para que lo consideráramos como alternativa llegado el momento. Y así, de pronto, llegó febrero y su fecha. Organizamos una especia de shower de último minuto. Así parece que es la cosa con un segundo hijo. Pero fue idea de Sheona hacerlo en un bowling, para que pudiera ser un evento más familiar al que pudieran asistir maridos e hijos, y evitar así la necesidad de contratar babysitter. Sheona jugó mejor que nadie. Con su espalda al resto, apenas podías notar que estaba embarazada. Se ponía en posición, daba sus pasitos y muy elegantemente lanzaba la bola, al tiempo que deslizaba una pierna tras otra. Luego se paraba derecha, esperaba a que su bola derrumbara los bolos y se volteaba haciendo un bailecito victorioso. Hasta a mí me sorprendía cada vez que lo hacía ver su panza de nueve meses cuando se volteaba. Logró casi puras chuzas en los dos juegos que completamos. ¡Increíble!

Esa noche, al poco tiempo de llegar a casa, nos llamó Sheona, con una calma envidiable, a decirnos que estaba casi completamente segura de que estaba teniendo contracciones, que estaban calculando los intervalos y que nos avisarían. Una hora después, Jon llamó, no tan calmado, y dijo que la matrona estaba en camino, que los intervalos entre contracciones eran cortos y constantes y que deberíamos estar listos para partir en cualquier momento a su casa. 45 minutos más tarde, llamó otra vez a decir que mejor nos apurábamos, que ya tenía 7 cm de dilatación. Les juro que no se demoró más de hora y media en dar a luz a Keaton. Yo estaba al pie de su cama con Henley en mis brazos cuando sucedió. Andrés estaba parado en el umbral del dormitorio. Fue una de las cosas más maravillosas e increíbles que jamás he visto. Y no pude sino pensar mientras observaba maravillada que quizás en un año y medio estaríamos repitiendo la experiencia y que sería nuestro bebé el que estaría viendo nacer. Henley corrió a conocer a su hermanito y abracé a Andrés fuertemente. Qué fuerte el encuentro de emociones, mitad llorando, mitad riendo de alegría.

Cuando trato de explicar lo que sentí, me cuesta decidir qué palabras usar. Tienen que entender que yo nunca había presenciado un nacimiento vivo. El estar ahí me hizo pensar en las dos bebitas que nunca pudimos conocer, de lo tristes que habían sido mis dos partos. Esta experiencia era el polo opuesto: uno de esos momentos breves de la vida que conjuntamente forman lo que conocemos como felicidad.

Surrogacy: Chapter 2

October 26, 2007

Sheona’s only condition was that she wanted to have another baby before she had ours. She and Jon were already actively trying to get pregnant and in fact had had a miscarriage a few months before.

We were – and still are – a bit incredulous, constantly wondering if she’d think about it some more and realize how nuts she was to offer. To make it feel more real, we all decided to set the wheels of the process in motion and made an appointment with Dr. Laskin that summer. His clinic, LifeQuest, specializes in infertility issues, and we had already worked with them attempting to “fix” my problem with anticoagulation during my last two pregnancies. Dr. Laskin was happy we had decided to move on to a more probable scenario and even happier to learn that we had such a selfless friend wanting to give us such an amazing gift. He suggested the four of us see Sherry, their counsellor, so that she could assess our level of preparedness and compatibility for such a procedure. We quickly made an appointment and went to our four hour session with her in early June. First it was the four of us in a room with Sherry, where she explained the basic aspects of surrogacy to us; then, Sheona and Jon saw her for two hours and we saw her for the remainder of the time. Sherry told us she thought we made an ideal team, that we all knew our limitations and that it seemed we shared a policy of frankness that would come in handy, since it is a process that is so emotionally charged and where you could start feeling insecure because on the one hand you may feel you need to “pay back” or that you owe your friend for carrying your child, and on the other hand you don’t want them to change their minds so you could also feel like you’re treading on eggshells. She gave us the example of taking care of each other’s dogs. She said something like, “You may feel like you can’t say no, even if you can’t take care of Rosa. And, conversely, they may not want to ask you to take care of Rosa, for fear of making you feel like you have to. All of a sudden, the open minded and frank relationship you have could become one of cautious politeness, or worse – you could start to mask your real emotions with fake ones and let tension build within. You don’t have to invite each other to every dinner party you organize, because that’s not what you do on a regular basis. You have to almost make an effort to not change the dynamic of the relationship too much. You can’t assume anything. Everything needs to be verbalized.” So she advised us always to be up front with each other and that together with sessions with her as needed, we should be ok.

At that time, Sheona was getting ready to go to Florence to take a film production course. She was very busy with preparations and I remember her looking radiant that day, at the counsellor session. A week or so later she announced she was pregnant. This made it even more real, since her only condition was being met as we spoke.

Around the same time, we started to talk about documenting the process. Sheona is a documentary filmmaker and producer and it was only natural for her to want to do a doc on such a crazy experience. Since I am also a documenter of sorts - of my own thoughts and life through my journaling - it seemed like a great idea right away. Little by little, her idea evolved from being a doc on the emotional side of the process, to being a time capsule for the child to be to uncover when s/he came of age, partly because filming any of the process had legal implications for the clinic that they were unwilling to assume. The time capsule idea seemed more organic too, and not as “produced” as the previous idea could have become.

Sheona took off for Florence on her own, pregnant with her second child. She wasn’t happy with the film course itself, but she loved Florence. Jon and Henley went to visit her towards the end of her stay. I can’t imagine how homesick and familysick she must have been by then. Six weeks away from your daughter and partner, from your pillow and your dog, from your streets and your routine, your friends, your bed... and on top of it all being pregnant, full-on hormonal and sensitive... really trying. But she is such a trouper. I totally admire her attitude toward life. She is just always looking at the bright side, thinking in practical terms. She’s very cool. :) Another little surprise was that she came back from Florence with a rock on her finger. Jon had proposed to her and she had said yes, having a coffee by the Giardino di Boboli – HOW ROMANTIC!!!!

Soon, Sheona’s tummy was starting to show and then was just so obviously there!! The weeks flew by and it got bigger and bigger. We talked about the birth and Sheona wanted us to be there to witness the experience of a home birth, so we could consider it as an alternative when our time came. All of a sudden, February was here and her due date was just ‘round the corner. We organized a sort of baby shower at the last minute. I guess that’s how it goes with a second child. But it was Sheona’s idea to do it at a bowling alley so that it could be a more family-oriented thing and husbands and children could come too, so no need for babysitters. Sheona bowled better than any of us. You could barely tell she was pregnant from behind. She would take her bowler stance and then do her little steps and gracefully fling one leg behind the other as she let go of her ball. Then she’d stand up straight, wait for her ball to strike the entire set and then turn around and do a little celebration dance. It was shocking even to me every time she’d turn around and you could see her full term belly. She almost nailed them all, scoring an almost full row of strikes on both games we played. Unbelievable!

That night, shortly after we arrived home, we got a call from Sheona saying she was pretty sure she was having contractions, that they were timing them and would let us know. An hour later, Jon called and said that the midwife was on her way, that the contractions were pretty steady and that we should be ready to come over at any time. 45 minutes later, he called back saying we better get moving, that she had dilated 7 cm. I’m not kidding when I say it took about another hour and a half for her to push Keaton out. I was standing at the foot of their bed, with Henley in my arms, when it happened, Andrés standing in the threshold of the room. It was the most wonderful, incredible thing to see. I couldn’t help thinking as I watched in amazement how maybe, just maybe, we’d be doing this again in a year and a half and it would be our baby we’d watch being born. As Henley joined her family on the bed to coo over her new baby brother, I hugged Andrés tightly and half-cried, half-glowed with joy and emotion.

When I think of how to explain what I felt, I have a hard time deciding which words to use. You have to understand, I had never witnessed a live birth before. Being there made me think of those two baby girls that could have been, of how sad my two deliveries had been. This was the total opposite: it was one of those brief moments in life that together form what we call happiness.

Thursday, October 25, 2007

Comienza nuestro viaje de maternidad gestacional...

1º de abril, 2007

Una tarde, hace casi un año, nuestros amigos Sheona y Jon vinieron a visitarnos después de nuestra quinta pérdida. Esa visita culminó con una propuesta increíble que está por lanzarnos en un viaje maravilloso: la maternidad gestacional.

Algunos antecedentes para aquellos que no conocen la historia... Sheona, Jon, Andrés y yo nos conocimos en el invierno del 2001/2002 a través de un amigo en común. La primera vez que nos vimos fue en la casa de este amigo, quien nos había invitado a cenar. De inmediato congeniamos, por lo que estuvimos muy contentos de reencontrarnos ese verano en la boda de nuestro amigo. En aquella ocasión, estábamos felices de anunciarles que yo estaba de casi cuatro meses de embarazo y que me estaban tratando con anticoagulantes. Estábamos optimistas y ellos estaban felices por nosotros.

Lamentablemente, ese tratamiento no dio resultado y a fines de septiembre, cuando se empezó a comprometer mi salud, nos vimos frente a la inexplicablemente difícil decisión de abortar el embarazo a las 22 semanas. Está de más decir que estábamos deshechos. No sólo habíamos perdido a otro hijo; esta vez, para complicar las cosas aún más, me tuvieron que inducir y tuvimos que vivir el proceso de parto de esta criaturita sin vida. Como el embarazo era de más de 20 semanas gestacionales, por ley tuvimos que coordinar con una funeraria la disposición de su cuerpo. No era justo lo que estábamos viviendo, pero no queríamos darnos por vencidos todavía. Decidimos dejar pasar uno o dos años y volver a intentar.

Unos meses después, nuestro amigo común nos invitó a ver una obra de teatro en la cual actuaba y nos reunimos todos otra vez. Andrés y yo estábamos por viajar a Chile a visitar a nuestras familias y estábamos quejándonos de lo caro que era contratar a alguien que cuidara de nuestro perro durante nuestra ausencia. Sheona y Jon estaban de acuerdo y decidimos presentar a nuestros respectivos perros, Rosa y Lucas a ver si se llevaban bien. Esa noche conversé largo rato con Sheona y le conté los pormenores de nuestros cuatro embarazos fallidos y de nuestro deseo profundo de empezar una familia. Mi actitud, en vez de echarme a morir – que ganas no me faltaban – era más bien de “arreglar” el problema. Un médico había investigado mis pérdidas y me estaba ofreciendo un tratamiento que podría ayudarme a llevar un embarazo a término.

Ese invierno, viajamos a Chile y nos llevamos las cenizas de nuestra bebita para esparcir en el mar, en la playa frente al lugar donde Andrés y yo nos habíamos casado. Cuando regresamos del viaje, Sheona y Jon tenían buenas nuevas... ¡Sheona estaba esperando! El ciclo interminable de la vida se hizo evidente, y el comienzo de esta nueva vida – un milagro verdadero – dio paso a otro comienzo: nuestra amistad.

Empezamos a cuidar de nuestros respectivos perros cuando nuestros respectivos viajes lo requerían. A raíz de esto empezamos a vernos con más frecuencia, estrechándose más y más los lazos de amistad mientras atravesábamos etapas similares de la vida.

En la víspera del nacimiento de Henley, Andrés y yo estábamos en casa de Sheona y Jon cenando y maravillándonos de la panza medio cuadrada ya de Sheona. Le saqué fotos a su panza y a sus pobres pies hinchados para que pudiera luego maravillarse ella también, una vez que naciera el bebe. Nos parecía que en cualquier momento podría iniciarse el trabajo de parto, y cuando el teléfono sonó a las 6 de la mañana siguiente, nuestras sospechas fueron confirmadas: Sheona estaba en trance de dar a luz y sus ejercicios de respiración profunda estaban asustando a la pobre Rosa (porque Sheona dio a luz en casa). Fui a recoger a Rosa y a las pocas horas nació la hermosa Henley.

Un año y medio después, en enero del 2005, Andrés y yo estábamos listos para volver a intentar, así que llamamos a todos los médicos y pusimos manos a la obra. Pero el 2 de abril, sufrí una trombosis en una vena cerebral. La verdad es que tuve mucha suerte de sobrevivir sin secuelas. Inmediatamente empezaron un tratamiento con anticoagulantes - el que tendré que seguir por el resto de mi vida - y me internaron en el hospital por 10 días. Esto pospuso nuestros planes de embarazarnos hasta octubre del mismo año, cuando después de una resonancia magnética, los médicos determinaron que mis venas estaban de vuelta a la normalidad y nos dieron luz verde. Me embaracé por última vez ese mismo mes.

Esta vez, aparte del tratamiento anticoagulante, que igualmente tenía que seguir por mi propia salud, me recetaron rondas de inmunoglobulina intravenosa o Ig IV, una melaza de anticuerpos que supuestamente agitaría mi sistema inmune para impedir que atacara al feto. El embarazo se desarrolló muy bien en un comienzo. Los resultados arrojados por las decenas de exámenes indicaban que la placenta estaba como tenía que estar, las cifras de mis análisis de sangre eran óptimas y en todas las ecografías el feto y la placenta se veían perfectos. Mientras tanto, yo no me sentía muy perfecta que digamos. Los tratamientos de Ig IV me produjeron una reacción similar a los síntomas de meningitis, con un dolor insoportable de cabeza y a todo lo largo de mi columna vertebral; las náuseas me tenían verde, tumbada en la cama y no podía ni levantarme a comer pues el solo pensar en lechuga incluso me hacía vomitar. Un día, mi pobre y frustrado marido se enteró de la existencia de una pildorita llamada Diclectin que me ayudó muchísimo y con la que recobré el apetito sin temor a la horrible náusea.

El único temor que me quedaba era el ultrasonido de las 19 semanas. Nunca había logrado pasar ese hito del embarazo sin problemas. Mi tercer aborto espontáneo fue descubierto en esa eco, y mi cuarto embarazo fue sentenciado justo después de esa eco. Igualmente traté de tranquilizarme, diciéndome que todo saldría bien esta vez. Dado el resultado del último embarazo con los anticoagulantes, pensé que a lo más podrían encontrar que no todo estaba bien, pero que tendríamos suficiente tiempo como para llevarme a un punto en el que podría dar a luz a un bebe prematuro con grandes posibilidades de supervivencia. Eso pensaba mientras me escaneaban la panza, por lo que fue un golpe tremendo enterarnos que la bebe ya había fallecido, quizás dos o tres semanas antes. Ese día se convirtió en uno de los días más largos de nuestras vidas pues tuvimos que esperar mucho para ver a los médicos, tratando con todas nuestras fuerzas mantenernos compuestos, ser cuerdos y no venirnos abajo, pero a la vez sintiendo una vulnerabilidad tremenda y una desilusión profunda. Finalmente, me internaron en el hospital ese mismo día para poder inducirme. Descontinuaron los anticoagulantes y al día siguiente indujeron el parto. Me quedé en el hospital un día más, hasta poder ver a todos mis médicos, y nos fuimos a casa otra vez vacíos y resentidos.

¿Qué podíamos hacer ahora? Me habían dicho que era muy probable que jamás pudiera tener un embarazo exitoso. Los embarazos afectaban mi cuerpo cada vez más, demorándose este cada vez más en recuperarse y, ahora que había sufrido una trombosis, teníamos que tener más cuidado. Mi doctor sugirió la maternidad gestacional como opción, ¡pero nos parecía tan artificioso! No obstante, supongo que como parte del esfuerzo para recuperarme emocionalmente de esta pérdida, empecé a investigar el tema en la Internet. Hasta contactamos a una “agente” de madres portadoras para preguntarle cómo funcionaba el proceso. El costo nos dejó helados, y el costo de adopción era también bastante alto.

De repente, una tras otra, mi hermana y nuestras amigas se empezaron a ofrecer como madres portadoras. ¡Qué bendición! No podíamos creer su generosidad, pero no nos sentíamos cómodos con la idea. No dudamos nunca la sinceridad de tremendo ofrecimiento, pero esta alternativa nos parecía medio loca desde el principio y siempre pensé que preferiría hacerlo con una extraña que con una amiga cercana.

Hasta que vinieron Sheona y Jon esa tarde a vernos. Le comenté a Sheona acerca de mis indagaciones y ella me dijo algo como, “Nosotros también lo hemos estado considerando”. No sé por qué yo pensé que me estaba diciendo que ellos también estaban pensando en encontrar a una madre portadora para aumentar su familia; quizás porque en mi mente ella y yo estábamos pasando por algo parecido, pues ella había sufrido una pérdida a comienzos del año; quizás porque posparto tenía la cabeza siempre en la luna – o quizás es que un ofrecimiento de ese nivel de generosidad y altruismo es lo que uno menos espera escuchar... Luego la cortina se abrió y me di cuenta que ¡se estaba ofreciendo a ser NUESTRA madre portadora! Y sucedió algo tan extraño.... esta vez sí sentí que era la persona perfecta para hacerlo.

Así es como comienza esta historia, una tarde de abril como hoy.

Friday, March 30, 2007

The Surrogacy Journey Begins...

April 1, 2007

One afternoon, almost a year ago, our friends Sheona and Jon came over to our house to visit us after our fifth miscarriage. That visit ended with an unbelievable proposal that is about to take us on an amazing journey: surrogacy.

A little back story for those who are unfamiliar with how it all began... Sheona, Jon, Andrés and I met in the winter of 2001/2002 through a mutual friend. The first time we saw each other was at this friend's apartment, where we were invited to dinner. We instantly liked them and were happy when we saw each other again, the following summer, at our mutual friend’s wedding. On that occasion, we were thrilled to announce that I was about 4 months pregnant, and undergoing anticoagulation treatment. We were optimistic, and they were excited for us.

Unfortunately, the treatment didn’t work in the end and in late September, when my health had started to become affected as well, we were forced to make the impossibly difficult decision of terminating it, at 22 weeks. Needless to say, we were devastated. Not only had we once again lost a child. This time, to make things more intense, I had to be induced and deliver our little stillborn daughter. As she was over 20 weeks (gestation), we also had to arrange for her cremation through a funeral home. It was just not fair. Still, we were determined to not give up. We decided to take a bit of a break and try again in a year or two.

A few months later, our mutual friend invited us all to see him perform in a play and we all got together once again. At that time, Andrés and I were about to travel to Chile to visit our families and we were lamenting about how expensive dog sitters were. We decided that we should introduce their dog, Rosa, and ours, Lucas. Maybe, if they got along, we could dogsit for each other. Later that night, I shared with Sheona the story of our four failed pregnancies, and our deep desire to become parents. Rather than wallow in my sadness, a tempting enough thought, I was determined to “fix” the problem. A doctor had investigated my miscarriages and was offering a treatment that could possibly help me carry to term.

That winter, we travelled to Chile and took our baby’s ashes with us, to scatter in the ocean at the beach where Andrés and I had married. When we returned, Sheona and Jon had exciting news to report... Sheona was expecting! Life as a never-ending cycle was evident, and the beginning of this new life – a true miracle – gave way to another beginning: our friendship.

The night before Henley came into the world, ironically Labour Day, Andrés and I had dinner with Sheona and Jon and marvelled at Sheona's rather square looking belly. I took pictures of her belly and her poor swollen feet for posterity, so she could also marvel after the baby was born. It seemed that she could give birth that night, and when the phone rang at 6 am the next morning, our suspicion was confirmed. Sheona was in the throes of labour, and her heavy labour breathing was freaking Rosa out (as Sheona was delivering at home), so I drove over to pick her up. Beautiful Henley was born later that day.

A year and a half later, in January 2005, Andrés and I were once again ready to try, so we called the doctors and got busy. Then, on April 2nd, I suffered a thrombosis in a cerebral vein. Truthfully, I was lucky to have survived unscathed. I was immediately and permanently put on blood thinners and spent 10 days in the hospital. This put our baby plans on hold until October, when an MRI revealed my cerebral veins had fully recovered. I became pregnant again for the last time in October.

This time, aside from the anticoagulation treatment that I had to do anyway for my own health, I was also put on rounds of IV Ig, a syrupy goo of antibodies that was intended to busy my immune system to prevent it from zeroing in on the pregnancy. The pregnancy was going really well. The placenta was how it needed to be, all the blood tests were coming back with the right numbers, and the ultrasounds all looked good. I wasn’t feeling so great, though. The IV Ig was causing me to react with meningitis-like pain; morning sickness was unbearable and I gave up my life, practically, for days on end in bed, feeling green and unable to withstand the smell of even lettuce; until, one day, my poor frustrated husband found out about a little pill called Diclectin that could help. And it really did!! I was able to eat again without fear.

The only thing I feared was the 19 week ultrasound. I had never made it past that point with flying colours. My third miscarriage had been discovered at that ultrasound, and my fourth pregnancy was deemed as “doomed” after that ultrasound. But, I tried to reassure myself, told myself everything would be fine. Given the previous pregnancy, my thought was that this time they’d find something going awry, but that we’d have enough time to get me to where I could deliver a preemie with a good enough chance of surviving. I walked into that ultrasound with that thought, so it came as an enormous blow to find out the baby had already passed away, likely two or three weeks earlier. It turned into one of the longest days of our lives, as there was much waiting to see doctors, trying hard to be rational and not break down, but feeling incredibly vulnerable and disappointed. Finally, I was admitted into the hospital to be induced that same day. They took me off the anticoagulants immediately and induced labour the following day. I stayed in the hospital for another day until I was able to see all my doctors, and went home feeling empty and sore once again.

What were we going to do now? I was told that in all likelihood I was not going to ever have a successful pregnancy. My body was taking longer to recover each time and now that I had already suffered a thrombosis, we had to be cautious. My doctor had hinted at surrogacy as an alternative, but it seemed so far-fetched and contrived! But, I guess in an effort to recover emotionally from this loss, I dove into researching the topic. We even contacted an “agent” to ask about the process. The cost floored us though, and adoption was also very expensive. Then, all of a sudden, one after another my sister and our friends started to offer to be our surrogates. God bless them! We couldn’t believe their generosity, but somehow it didn’t feel right. I have no doubt that their offers were sincere, but already going this route to have a baby seemed a bit nuts. I just thought I’d rather do it with a stranger than a close friend.

And then Sheona and Jon came over that afternoon. I told Sheona about my research into the possibility of surrogacy, and she said something like “We’ve also been thinking about it”. I somehow took this to mean that she had also thought of turning to a surrogate to have her baby, I guess because she had also suffered a miscarriage earlier that year, and because my mind was somewhere else... Then the clouds parted and I realized she was offering to be OUR surrogate! And the weirdest thing happened... this time it felt like a perfect match.

This is how this story begins, one early April afternoon, much like today.

Saturday, May 27, 2006

EUROPA: De Londres a casa...

Alastair nos había recomendado llegar al Gare du Nord con al menos media hora de anticipación, así que eso hicimos. El Eurostar salía a la 1. Nos pareció increíble el despliegue de seguridad en la estación del tren. No sé si será lo mismo si viajas de Francia a España, pero viajar a Inglaterra era como ir a los Estados Unidos, ni más ni menos.

En el tren los asientos estaban ordenados de a dos, mirando hacia adelante, y algunos sets de cuatro asientos mirándose los unos a los otros, para viajar en grupo. No esperábamos que nos tocara este tipo de asiento, pero cuando llegamos a nuestros asientos vimos que tendríamos que mirar a la cara a una pareja de viejujos todo el camino. Pues nada, los saludamos muy amablemente y en su acento británico nos saludaron de vuelta.

Él tenía una cara tan divertida que parecía de mentira. El pelo blanco, un poco despeinado; los ojos verdes, grandes, muy separados y medio saltones, una nariz enorme con la punta gorda y llena de cicatrices, y - por supuesto - los dientes típicos del inglés, chuecos, manchados y quizás demasiados para el tamaño de su boca. Entre lo chueco de los dientes y lo highbrow de su acento, al comienzo nos costó mucho entender lo que nos decía, pero conforme nos íbamos acercando a “El Londres”, cada vez se hacía más claro. Ella era una mezcla entre la reina Isabel y la Pat Vincent: los ojos hundidos, los pómulos prominentes, los labios delgados. La definición de ingleses. Nuestra lata de tener que compartir el viaje rápidamente se esfumó. Conversamos todo el camino de política, historia, museos, viajes, lingüística... en fin, eran ultra cultos y viajados y MUY simpáticos. Ellos se comieron sus sándwiches y nosotros los nuestros y nos reímos todo el camino.

El Chunnel no fue nada espectacular. Es un túnel común y corriente. En los veinte minutos que demoró cruzarlo, no pensé ni una vez que qué nervios que estábamos debajo del agua. Encendí mi laptop y trabajé hasta el final del viaje, mientras Andrés y estos señores copuchaban de lo lindo.

Llegamos a Londres a las 3 de la tarde. Atrasamos los relojes una hora, agarramos las maletas y partimos al Underground a tomar el tren al hotel. Sabía en qué estación teníamos que bajarnos pero no había apuntado cómo llegar ahí desde Waterloo, que era la estación donde estábamos. Cambié los pocos euros que me quedaban por libras y fuimos a la boletería automática a ver si nuestras tarjetas de crédito habían vuelto a funcionar. Aunque la de Andrés no, la mía SÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍ!!!!!!!!!!!!!!!!! Qué emoción!!!

No sabíamos qué tipo de boletos comprar. Allá los dividen por zonas y qué sabía yo cuántas zonas viajaríamos. Optamos por comprar un pasaje de ida nada más, los que nos costaron 8 libras!! Es decir, casi 16 dólares y medio por dos pasajes de metro... qué horror. Pero como no íbamos a probablemente ir a ningún lado en metro esa tarde, pensamos que no valdría la pena comprar el ticket para el día. En fin...

Vimos que desde Waterloo había que tomar el tren de la línea Bakerloo hasta Embankment y ahí cambiar de línea a la Circle Line, la que nos llevaría hasta nuestra estación: Bayswater. Parecía sencillo. En Embankment seguimos los letreros hasta la Circle Line westbound, la línea amarilla y cuando llegó el tren, nos subimos. Pero rápidamente nos dimos cuenta que el tren no era Circle sino District, la línea verde. Pero cómo?? Pues resulta que algunas líneas comparten andén... GRRRRRRR.

Vuelva a bajarse con las maletas. Por lo menos no teníamos que cambiarnos de plataforma. Ahí vimos que tenían unos cartelitos que anuncian qué tren viene y cuándo va a llegar. Les diré que incluso con ese cartelito y armados del mapa del Underground, no fue la última vez que por apuretes nos subimos al tren verde en vez del amarillo...

Fue un choque cultural para estos wannabe parisinos cuando salimos de Bayswater a la calle. Habían tipos con carteles publicitando restaurantes, otros con carteles publicitando hoteles, una bulla y locura... Y nosotros, recién llegados con nuestras maletas, tratando de ver para dónde había que caminar hacia el hotel... pues era obvio que éramos turistas y eso nos hizo un blanco perfecto. Después de navegar por el mar de gente que había en la calle, y haciendo caso a la orden marcada en la calle de mirar a la derecha antes de cruzar (cuántos turistas morirán atropellados en Londres por mirar al lado equivocado?!), fuimos al Tesco (como un mini market) a comprar agua y unas cervezas. De ahí, a caminar las cuatro cuadras al hotel.

El hotel era mucho más grande que el de París, aunque el ascensor era enano. Nuestra habitación quedaba en el primer piso (el segundo piso para los norteamericanos) y tenía piscina! Pese a nuestro entusiasmo inicial por lo de la piscina, y a haber llevado nuestras ropas de baño y hasta goggles, no la usamos ni una vez. Lo que más nos interesaba era el wireless pero ya vimos que había que pagar 10 libras por día y como estábamos multiplicando por 2,3 para convertir a dólares, nos pareció una burrada de plata. Al final de cuentas valía más la pena encontrar un Internet café.

Nuestra pieza tenía el techo altísimo y una salida al balcón. Esa noche conocimos a nuestro vecino, que también tenía acceso al balcón, un español de Granada que viajaba con su mujer. Total que el pata era traductor también así que hasta hicimos un buen contacto!

Mi única queja con esta pieza era que la alfombra y la cortina estaban inmundas. Pero en fin, no íbamos a pasar mucho tiempo ahí y llevábamos pantuflas así que no era problema. Desempacamos la compu, la aseguramos con el candado, nos cambiamos de ropa (hacía frío!) y partimos a caminar por el barrio del hotel. Para empezar, el barrio entero era un hotel tras otro. Todos igualitos. Fue un milagro que encontráramos el nuestro dado que los números de la calle son para confundir a cualquiera!

A tres pasos del hotel había una tienda, una botillería, un Internet Café y dos restaurantes. Estábamos MUY bien ubicados. Lamentablemente el Internet Café estaba siendo renovado y pese a que nos prometieron que para el lunes estarían abiertos, no creo que los vimos abrir antes de partir a Toronto. Pero la verdad es que no importó mucho: a cuatro cuadras estaba la calle Queensway, donde estaba el metro, mil tiendas, Whiteleys (un centro comercial) y puerta por medio era un cibercafé. Para la escasez que había en París, nos dejó súper sorprendidos. El más barato que encontramos costaba 50p por media hora y eso era todo lo que necesitábamos, al fin y al cabo era el fin de semana. Seguimos caminando al norte por Queensway, encontrando un Starbucks donde trabajaba un pata colombiano muy simpático, y entrando al Whiteleys donde había un Marks and Spencer (ya no teníamos ropa interior!). De ahí seguimos hacia Westbourne Grove y caminamos al oeste hacia Notting Hill. El barrio era muy “hip”, lleno de pubs y a esa hora estaban todos llenos. La gente va al pub después del trabajo y se encuentra ahí con sus amigos, se toman sus chelas en la calle; de hecho a veces veíamos gente parada varios metros más allá del pub con sus chelas en mano, conversando.

Seguimos por la misma calle hasta Portobello Road, donde los domingos hay “mercado”, más como una feria artesanal. Por todos lados habían carteles con advertencias para los turistas de tener cuidado con los carteristas. Las callecitas eran cuchis, pero no podíamos sino compararlas con lo que habíamos visto en Suiza y en Francia y la verdad es que no estábamos muy impresionados que digamos. Creo que el haber estado en países donde no se hablaba nuestro idioma nos había transportado a otro mundo y el volver a hablar en inglés, aunque los autos manejaran por el lado izquierdo de las calles, nos trajo de vuelta al planeta tierra. De repente deberíamos haber partido por Londres... Además ya estábamos cansados de tanto caminar y un poco “overwhelmed” con todo lo que habíamos visto. Tampoco ayudó mucho el clima gris, húmedo y hasta frío de Londres, cuando en París habíamos terminado en polera de manga corta, short y sandalias. Pero, en fin, nos repetíamos que “estábamos en Londres!!” y que había que aprovechar. Nos regresamos hacia el hotel bordeando el norte de Kensington Gardens/Hyde Park, y paramos a comer en un restaurante “Thai” donde no había ni un tailandés.... eran todos chinos. La comida era una porquería pero igualmente regresamos al hotel dispuestos a emperifollarnos y salir a carretear!! Era sábado por la noche en Londres, la capital del carrete!!!

Tanto emperifollo terminó siendo en vano, pues a pesar de que tienen ahora permiso para comprar alcohol en lugares con licencia de 24 horas, los tienderos sólo venden alcohol hasta las 10 y media y los pubs cierran a las 11. Hay que conocer a dónde ir, quién tiene licencia, a no ser que quieras ir a un nightclub y pagar un tremendo cover nada más para entrar. Ya no estábamos para esos trotes después de carretear tan rico en París. Terminamos compartiendo la botella de vino que traíamos de París con el vecino del hotel, copuchando hasta como la medianoche, y de ahí salimos a caminar a ver qué onda, pero rápidamente nos dimos cuenta que no había ni una onda y regresamos a dormir.

Al día siguiente cruzamos Kensington Gardens para ir a la tienda Virgin más cercana a comprar más minutos para nuestro celular londinense. El parque era precioso y estaba lleno de ingleses de todas las edades haciendo deportes, paseando al perro, leyendo y disfrutando del “casi sol”. Había una lagunita, the Round Pond, donde estaban navegando barcos a control remoto... muy lindo y MUY inglés... Después de hacer nuestra diligencia en Virgin encontramos un restaurante y bruncheamos ahí antes de partir al mercado Spitalfields al otro lado de la ciudad. Si hubiéramos ido más preparados, hubiéramos desayunado en el hotel (incluido con el cuarto) y nos hubiéramos ahorrado nuestra platita para comprar pilchas y reliquias en el mercado, pero en fin... ya aprendimos para la próxima.
Después del brunch caminamos por Kensington Church Street hacia el Underground de Notting Hill donde sí compramos los tickets diarios esta vez. Nos salieron casi 5 libras cada uno por día pero teníamos uso ilimitado del transporte público después de las 9 y media de la mañana, por las zonas 1 y 2, las más centrales. Con tickets en mano, partimos a la estación Liverpool Street, en el centro de Londres.

Al salir de la estación del metro, divisamos un edificio con la forma de un enorme huevo de Fabergé. Nos dejó ultra intrigados durante el resto de nuestra caminata porque aparecía y reaparecía entre los edificios. Después nos enteramos que el edificio es conocido como el Gherkin (pepinillo) y que el dueño es Swiss Re, una empresa reaseguradora - no tan interesante como su edificio.

El mercado Spitalfields era como una feria gigante donde vendían todo tipo de cosas, desde anteojos para el sol de la época de la pera (usados) hasta joyas y comida... de todo. Era una bulla y un gentío increíble. Saliendo del mercado y cruzando un par de callecitas torcidas llegamos a Old Brick Lane, que más que estar en Londres nos hizo sentir que habíamos llegado a Bangladesh! Qué gentío!! Habían cerrado la calle para la celebración del año nuevo y era la locura: puestos de mendhi, gente caminando con sus cocos verdes en mano (bebiendo agua de coco verde), una mezcla de olores y colores, y UN MONTÓN de basura por TODOS lados. Nosotros vivimos muy cerca a Little India en Toronto y nunca habíamos visto tanta basura después de un festival de calle. No sé si estaba quizás muy sensible pero me chocó muchísimo. Mi imagen de Londres era tan diferente!!

Luego de guiarnos con el mapa por una de las calles más feas de Londres (y digo una de las más feas porque hubo varias otras), llegamos al Tower Bridge, para cruzar a la rivera sur del Támesis que nos habían dicho sería un lindo paseo. Mi desilusión me había afectado tanto que me tuve que sentar un rato frente al HMS Belfast (un barco de guerra que me hizo acordarme mucho del Elo) a tomarnos un té y a tratar de recomponernos. El té nos hizo muy bien y seguimos nuestra caminata al borde del Támesis, hacia el museo Tate Modern, pasando por las callecitas del malecón, donde en cada esquina podíamos “ver” a Sherlock Holmes. Habían unos edificios antiquísimos en ruinas - en París los edificios que vimos eran mucho más nuevos (Haussmann se deshizo de como 60% de los edificios medievales de París) aunque aún clásicos, pero en Inglaterra vimos unos del año 1300, de los que sólo quedaban fachadas o porciones porque la mayoría se había quemado en el gran incendio del 1666. Pero fue interesante ver el contraste de lo antiguo y lo nuevo. Pasamos por el Globe, el teatro Shakesperiano, que estaba cerrado a esa hora. El teatro original de Shakespeare se quemó en 1613 cuando durante una presentación de Henry VIII dispararon un cañón y este incendió el techo del teatro. Pese a que lo reconstruyeron antes de la muerte de Shakespeare, los Puritanos lo demolieron en 1644. Casi tres siglos y medio después, en 1989, encontraron las ruinas de los cimientos y en el ’93 lo reconstruyeron siguiendo los planos del teatro original. Me hubiera encantado verlo por dentro pues es un poco peculiar (es octagonal) pero quedará para la próxima, junto con varios otros lugares que no alcanzamos a visitar.

El Tate Modern, museo de arte moderno también estaba cerrado, por lo que cruzamos por el Millenium Bridge a la rivera norte y decidimos tomar el Underground a Piccadilly Circus, el Times Square de Londres, donde preguntamos a un tipo adónde podíamos ir a tomarnos un té; su recomendación fue el Hard Rock Café... obviamente no era el guía más indicado.

Tomamos el double-decker a Harrod’s pero también estaba cerrado. Más desilusionados caminamos por Brompton Rd al Museo de Victoria y Albert pero, ¿adivinen qué? ESTABA CERRADO..... Ultra desilusionados y cansados nos compramos nuestra botellita de vino y nos fuimos en el metro hacia el hotel a ver qué hacíamos porque TODO estaba cerrado. Al paso que íbamos hubiera valido más la pena quedarnos en París un día o dos más.

Camino al hotel paramos a cenar en un restaurante italiano en nuestro barrio y a comprar chocolates y nueces para munchear en la habitación. Esa noche me llamó mi mamá. Me hizo un bien enorme conversar con ella porque ella adora Londres (donde para los que no saben pasé dos años y medio de mi niñez). Me contó cuentos de cuando era chiquita, de nuestras caminatas por los parques, de los monumentos, las tiendas de libros viejos... y creo que logró infundir en mí una sensación de familiaridad con esta ciudad que no lograba encantarme. Quería averiguar más de la ciudad y planear el paseo del día siguiente así que decidí pagar las 10 libras del wifi del hotel. Terminé pasándome varias horas tratando de hacerlo funcionar. Grrrr... por qué tiene que ser todo tan complicado?

A la mañana siguiente, lunes, habiendo aprendido nuestra lección, desayunamos en el hotel. Su desayuno continental era un buffet con todo tipo de pancitos, jamones, salames, pepinos, tomates y huevos duros. Nos hicimos sándwiches para más tarde, nos llevamos unos huevos duros para el camino y hasta nos robamos unos pancitos para las palomas. Salimos como al mediodía al final porque tenía un trabajo por entregar y había alguna terminología que quería chequear. Habíamos decidido ir directo al Tate Modern.

Nos tomamos el bus porque el Underground nos pareció demasiado fome, y este nos llevó por el lado norte de Hyde Park hasta el Marble Arch donde dobló a la derecha y bajó por Park Lane (me acordé de ti, Mami, cuando pasamos por el Grosvenor House), cruzando Piccadilly siguió hacia el sur por Grosvenor Place y luego dobló por Victoria y nos dejó justo en frente de Westminster Abbey, el Parlamento y el Big Ben. Qué lindura de edificios!!

En Westminster tomamos el Underground hasta Black Friars y cruzamos otra vez el Millenium Bridge, volviendo sobre nuestros pasos del día anterior, hacia el Tate Modern, una antigua planta de energía que han transformado en un impresionante museo de arte moderno. Éste y el Louvre fueron los únicos dos museos que vimos en nuestro viaje. Desde un principio habíamos decidido caminar las ciudades en vez de meternos a los museos... eso podía quedar para un segundo viaje. Pero tanto nos hablaron del Tate Modern (y bueno, con el Louvre no hay caso... no puedes pasar nada más por en frente) que entramos y hasta pagamos para ver la exhibición que tenían (el resto del museo es gratuito). La exhibición que vimos era de dos artistas, antiguos maestros de la escuela Bauhaus - Albers (alemán), y Moholy-Nagy (húngaro) - que terminaron cruzando el charco y erradicándose en los Estados Unidos en los años 30. Aparte de sus pinturas, había mucha fotografía, instalaciones de video y artefactos, en fin, de todo nuestro gusto. Gozamos como chinos y salimos inspirados. De ahí bajamos a ver la colección permanente, entre la que encontramos obras de Matta, Picasso, Dalí, Francis Bacon, Miró, Man Ray, y muchos otros notables artistas modernistas, surrealistas, y realistas. Algunas cosas eran chocantes, pero otras, como la Llorona de Picasso que tantas veces había visto en mis libros y las diapositivas de la universidad, me dejaron encantada.

Cuando salimos del museo nos fuimos caminando hasta el malecón donde nos tomamos una cerveza, dimos de comer a las palomas, y me comí mi huevo duro...mmm.... Ahí aproveché de hablar con mi amiga Charlotte, con la que nos habíamos quedado de ver, y con Kirstie, amiga de unos amigos de Toronto, con la que habíamos quedado de juntarnos esa noche a cenar comida hindú. Total que con Charlotte quedamos en ir a comer a su casa la noche siguiente, nuestra última noche en Londres. Kirstie, por otra parte, nos explicó como llegar a donde iríamos a comer, cerca de su casa hacia el sur de la ciudad. Tomamos el bus a dos pasos de donde estábamos, al pie del Blackfriars Bridge. Los idiotas cruzamos la calle a tomar el bus sin acordarnos que los autos andan por la izquierda, así que vuelta a cruzar al otro lado para ir en dirección sur. El viaje de 20 minutos nos llevó por unos barrios no tan lindos. Cada vez se iba poniendo más y más “mala” la zona hasta que nos bajamos en un barrio en el que claramente no había que perderse de noche. Llamamos a nuestra anfitriona de la tarde y nos explicó para donde ir, pero le entendí al revés y empezamos a caminar en dirección contraria... muy monga! A diferencia de París, en Londres todos hacen lo posible para NO mirarte. Incluso cuando les tratas de hacer una pregunta. Otra cosa que nos dimos cuenta era que los nombres de las calles son tan confusos (Campberwell Church, Campberwell Street, Campberwell Green están todos en la misma cuadra), que ni los residentes saben los nombres. Ahhhhhh pero TODOS saben donde queda el pub!! Siguiendo las instrucciones de dos transeúntes, terminamos en un pub muy “butch” donde unas chicas más gruesas que Andrés nos indicaron para donde ir. Camino de regreso, esta vez en la dirección correcta, nos encontramos con un español (está lleno de españoles Londres), que nos dijo que el barrio no era tan malo, pero que sí hay algunas cuadras malas. La ciudad es entera así, mezclada, en parte porque los bienes raíces son tan caros que la mayoría de las parejas jóvenes sólo pueden comprar casas en los barrios menos populares. Y así se van “limpiando” y renovando los barrios - un poco como Toronto.

Finalmente llegamos al pub donde habíamos quedado en encontrarnos. Kirstie e Iain nos esperaban con cervezas heladitas. Los dos eran un amor de personas, ella inglesa y él escocés. Conversamos rico con nuestras cervezas y nos dispusimos a caminar unas cuadras más hasta el restaurante hindú. La comida estuvo IN-CRE-Í-BLE. Comimos tan rico que decidimos que a la vuelta tendríamos que encontrar otro restaurante hindú porque el pakistaní al que vamos siempre no le llega ni a los talones a éste.

Después de la comida nos invitaron a conocer su casa. Ahí nos sentamos y conversamos laaaargoooo rato, tomando unos vinos, hasta que llegó la hora de partir. Aunque nos insistieron en que nos irían a dejar al paradero del bus, no queríamos molestar así que fuimos solos, siguiendo sus indicaciones. Una vez en el paradero nos dio un poco de susto porque realmente de noche las cosas se ven más negras. La gente que andaba dando vueltas tenía una pinta de mala. Pero no pasó nada extraordinario, el bus vino y nos subimos al segundo piso a ver pasar a Londres de noche. Apenas cruzamos el río, los barrios se “embellecieron”. El bus nos dejó en Paddington, a unas siete cuadras del hotel. Pero la noche estaba tan linda que no nos importó caminar, además que después de caminar de noche por Campberwell, Bayswater era un lindura.

El último día entero que pasamos en Europa lo estiramos como chicle. Ese día teníamos que hacer una conferencia telefónica con México así que nos compramos nuestras tarjetas telefónicas, ubicamos los teléfonos públicos del hotel (uno al lado del otro) y partimos al London Eye, una rueda de Chicago gigante que queda al lado del Acuario de Londres, desde la que se pueden ver unas vistas increíbles de la ciudad. Esta vez sí que fuimos aperados de pan para los patos que nos encontraríamos en los parques porque nos íbamos a ir a pie desde el hotel hasta el Eye por Hyde Park y St James Park.

La caminata, pese a que fue larga y a que nos dolía cada músculo de las piernas después de casi dos semanas de puro caminar, fue hermosa. Los patos de Hyde Park eran divertidísimos. A la entrada del parque hay cuatro fuentes y cada una tiene su pareja de patos. Lo divertido es que cuando empecé a tirar pancitos los patos de las otras fuentes venían a comer y los patos “residentes” los sacaban cascando de “su” fuente. Uno hasta le mordió el culo al otro cuando éste trataba de salirse de la fuente. Nos hicieron reír mucho... Al final, el pobre pato correteado me esperó entre las palomas (a las que él no dejaba acercarse a su pan) y le tiré pedacitos de pan que pescaba en el aire, cual perro.

Después nos fuimos bordeando The Serpentine, una laguna larga en el parque, donde nos encontramos con más amigos plumíferos hambrientos, entre los más notables un cisne que comió de mi mano y que era casi tan alto como yo (lo que no es mucho para un humano pero para un cisne sí lo es!), y una pata marroncita que era una belleza (ver fotos).

De Hyde Park cruzamos a St James Park al pie de Piccadilly y caminamos por el camino del parque hasta el Palacio de Buckingham (donde dejamos vuestros saludos a la reina); luego, seguimos camino hacia Westminster, cruzamos el puente y llegamos al London Eye - medio muertos. Cuando vi la cola, aunque avanzaba rápido, no me dio la gana de esperar así que cuando vimos que podías pagar más para saltártela, dije “perfecto”. Para mi gran desilusión, cuando salimos de la boletería vimos que ya no había cola alguna... MERDE.

Para sumarle al apestamiento por haber pagado tanta plata por nada, teníamos hambre y sed, no nos quedaba ni un duro partido por la mitad (teníamos que ir al banco pero no había ninguno cerca) y cuando llegamos le dijeron a Andrés que tenía que pasar su mochila con su película de cine por rayos X. El guardia era un pesado además; no quería saber nada de excusas. Al final, después de hablar con el encargado nos dejaron subir sin radiografiarlo... pero mi amigo ya estaba furia.

Por suerte la vista desde las naves era espectacular porque ligerito se le quitó el enojo a mi compadre y pudimos disfrutar de Londres desde el cielo. ¿Se acuerdan de las pilas que compré en el Migros de Ginebra porque quemé el cargador? Bueno, al bajar del London Eye se terminaron de agotar, así que ahí sacamos nuestras últimas fotos del viaje.

Después de nuestro “vuelo” (como es auspiciado por British Airways te dicen “enjoy your flight” cuando te subes), tomamos el Underground de vuelta al hotel para nuestra conferencia. Llegamos con las justas y nos conectamos perfecto, cada uno en un teléfono público diferente, pero las tarjetas se agotaron antes de tiempo!! Habíamos pagado 5 libras por cada una y sólo estaban durando 15 minutos (aunque prometían 120)!! Para hacerles el cuento corto, terminamos usando el teléfono de la pieza para hacer el llamado y por algún motivo no nos lo cobraron... por suerte porque las tarjetas nos habían costado una fortuna!

De ahí partimos a casa de Charlotte a comer. Ella vive unas estaciones hacia el norte del hotel, en Kensal Green. La pasamos TAN BIEN esa noche... no sólo fue riquísimo verla sino que además no nos veíamos hacían 12 años, pero no parecía... Ella estaba panzona, a cinco semanas de dar a luz a su segundo hijo (tiene una hijita de tres años, creo - no la conocimos porque estaba durmiendo) y su marido era muy simpático... quedamos con ganas de vernos más a menudo - qué pena vivir tan lejos!

Esa noche, de regreso en el hotel hicimos las maletas para dejar todo listo para nuestra partida la mañana siguiente. No podíamos creer que ya había llegado la hora de regresar. Aunque el viaje no fue tan largo, poco menos de dos semanas, nuestra realidad en Toronto parecía estar a años luz. Pero, por otra parte, teníamos ya ganas de dormir en nuestra cama, apachurrar a Lucas y lavar nuestra ropa!!

A la mañana siguiente nos levantamos ultra temprano para emprender el viaje de aproximadamente una hora hasta el aeropuerto en el Underground. El vuelo salía al medio día y teníamos que estar allá con 3 horas de anticipación. El viaje al aeropuerto fue mucho más rápido de lo esperado y estuvimos sentados en un café en Heathrow, chequeando emails y esperando a embarcarnos a poco menos de hora y media de haber tomado el tren.

Nos tomamos nuestras pastillitas mágicas antes de embarcarnos y antes de despegar ya estábamos cabeceando de sueño... atrasamos el reloj cinco horas y dormimos prácticamente todo el vuelo hasta Toronto, donde nos esperaba nuestra amiga Margarita con los brazos abiertos.

Llegamos de vuelta a Toronto hace una decena de días y ya los días pasados en Europa parecen haber sido un sueño. ¿Por qué pasará esto cada vez que uno viaja? Ayudada por fotos y boletas (y mi memoria - viva!!) he reconstruido nuestras peripecias aquí para ustedes, de paso volviendo a viajar yo misma por todos los lugares que “vivimos”. Mi conclusión para esta crónica es que tengo que regresar al viejo continente pronto. Me queda tanto por ver y vivir! Pero estoy muy agradecida de haber podido ir en este viaje con Andrés, separarnos brevemente de nuestras rutinas y problemas, y gozar de casi dos semanas juntos en otra parte del mundo, solos los dos en una realidad tan diferente a la nuestra.

¡¡¡VIVAN LAS VACACIONES!!!

Fin....

Thursday, May 25, 2006

EUROPA: De París a Londres

El hotel no era gran cosa; lo encontré en la Internet y las críticas que leí de otros que se habían quedado ahí eran muy buenas. Además aparecía en su sitio que tenían acceso a wifi y esto era súper importante para nosotros pues viajábamos con el laptop para poder seguir al tanto de todo mientras estábamos allá. Llegamos retarde y con ganas de irnos a tomar unas chelas así que decidimos que dejaríamos las maletas y la computadora con el nuevo candado que le habíamos comprado y que partiríamos a explorar los alrededores. Antes de partir tratamos de conectar la compu a la red inalámbrica pero no funcionaba la conexión. Nos rendimos y decidimos dejarlo para la mañana siguiente.

París es como un caracol de arrondissements o barrios numerados. El primero está en el centro de París y luego, siguiendo las manillas del reloj, los otros lo rodean con la forma de un caracol. Nuestro hotel quedaba en el borde del arrondissement número 5: el quartier latin. Este barrio se llama así porque es el barrio universitario de La Sorbonne, donde en antaño la comunidad universitaria hablaba latín. Cruzando la calle estaba el número 13 y al otro lado del Sena estaba el 4º y el 12º. Lo ideal de nuestra ubicación era que de nuestro gare (estación), salían las líneas 10 y 5 del metro, que nos llevaban prácticamente a todas partes. La 10 iba por la rive gauche (o rivera sur) del Sena hacia el Bois de Boulogne (conocido como el “jardín de las delicias terrenales”, como la pintura del Bosco...) y la 5 hacia el norte, de la que generalmente nos bajábamos en Bastille para tomar la 1 hacia el oeste por la rivera norte. La verdad es que más bien usamos el metro para acercarnos porque lo caminamos todo en París. Me quedé sin suelas de tanto caminar. Es una ciudad tan linda que hasta cuando llovía preferíamos caminar con los paraguas del Migros porque los olores de los jacarandas en flor y de la comida deliciosa (hasta los boliches más hediondos servían pato!). La única vez que nos tomamos un taxi fue la última noche... ya les cuento más adelante.

Esa primera noche nos aperamos de paraguas y salimos a pasear, con las antenas un poco demasiado paradas porque nos habían metido miedo de los peligros de París y como no conocíamos dónde estábamos... pues nada. El estado de alerta no nos duró demasiado. Al poco rato era obvio por donde ir y por donde no. Estábamos en un barrio súper tranquilo. Nos fuimos caminando por nuestra calle y luego bajamos por otra y luego por otra, todo el rato buscando un bar. Pero estaba todo cerrado. Era lunes pues también. Finalmente encontramos un bar de mala muerte y nos tomamos un vaso de Kronenberg 1664, una cerveza que encontramos en todas las ciudades que visitamos (en Canadá no hay) pero que en esta ocasión no tenía mucho gas. Al regreso se largó a llover pero no nos aguó el panorama. Cruzamos la calle a un McDonalds (el único restaurante abierto) y nos compramos unas hamburguesas. Es verdad lo que dice Vincent Vega en Pulp Fiction. Los Quarter Pounders with Cheese SÍ SON ROYAL CHEESE!! Y el Big Mac.... LE BIG MAC! Muertos de la risa regresamos al hotel en la lluvia. Paramos en una tiendita que estaba por cerrar y nos compramos unas botellas de agua y una botella de vino. El vino que compramos en París era botado de barato y siempre delicioso. Ya de vuelta en el hotel nos instalamos a comer las hamburguesas y a tomarnos nuestra primera copa de vino francés en París, mientras en la tele daban un episodio viejísimo doblado al francés de NYPD Blue. Muy divertido ver a Dennis Franz gruñendo en francés.

A la mañana siguiente luego de quejarnos en recepción, nos contaron que no había acceso a wifi desde el hotel. Estábamos tan apestados!! Nuestro primer día en París y teníamos que ocuparnos ahora de encontrar una alternativa. La mujer del hotel nos dijo que de todas maneras encontraríamos algo en Place D’Italie, una rotonda en el 13 donde había un mall. Para allá partimos, a pie, parando en un boliche en la avenue Des Gobelins a tomar desayuno... mmm el café con leche era de película. Y el Croque Monsieur tenía el queso derretido por fuera! De ahí seguimos rumbo a la famosa Place D’Italie. Una vez en el mall no encontrábamos ningún cibercafé. Nadie sabía dónde podría haber uno... entre una y otra tienda, encontramos una que nos prestó su acceso a Internet y ahí buscamos y encontramos un café en St-Germain (el 4º). Total que partimos en el metro a Cluny-La Sorbonne y finalmente encontramos el bendito café. Ya estábamos tan tensos y apestados que la pobre Marie Jo, mi colega parisina a cargo de Amero, estaba espantada al escuchar nuestro tono de voz. No podía creer que pudiéramos estar tensos en su ciudad! Regresamos al hotel a dejar la computadora y en recepción nos quejamos con la recepcionista de la tarde: “Pero cómo”, nos dice, “si el McDo de la esquina tiene wifi gratis”... Así fue como el McDo se convirtió en el McOffice. Inmediatamente partimos a ver nuestra nueva sede de trabajo. Bastante bonito el local. Y el café exprés... de película. Ahí mismo me metí al sitio web de los tours en bus y reservamos un espacio para ir de tour al día siguiente, al mediodía. Después de chequear mails y sentirnos más en onda, dejamos la compu en el hotel y partimos caminando con sólo paraguas por el borde sur del Sena, hasta la Île de la Cité. Apenas divisamos la Catedral Notre Dame nos acordamos de por qué estábamos en París.

Cruzamos el Sena hacia la Catedral, por el Puente Puente (Pont Pont se llama!) y quedamos maravillados con la belleza de la catedral, con los detalles de su fachada, la enormidad del edificio. Ya era muy tarde para entrar pero vimos que a las 8 había un concierto de canto gregoriano y decidimos regresar. Mientras tanto, visitamos el Hôtel de Ville, donde nos acordamos mucho del Topo (pas de vacances, jajaja) y de ahí partimos hacia el barrio judío Le Marais a comer. Nos habían recomendado un restaurante llamado Chez Goldenberger pero al no encontrarlo nos acercamos a una pareja de chicos muy guapos (luego nos dimos cuenta que este barrio estaba lleno de chicos guapos... sólo que no supimos la razón de tanta guapura junta sino hasta la última noche) quienes nos indicaron que habían cerrado por un problema con el ministerio de salud! Total que Chez Marianne era la alternativa que nos recomendaban y para allá partimos.

Le Marais, el pantano, era originalmente el barrio de la aristocracia, pero luego esta se mudó a Versalles y el barrio comenzó a decaer. Luego, en los siglos 19 y 20, los judíos de Europa Oriental se mudaron al área y pasó a ser considerado el área de la industria de de la confección. Hoy en día todavía es un barrio judío, con negocios kosher y restaurantes de comida judía, pero lo que no sabíamos es que es también el barrio gay y en las noches salen todos los chicos guapos vestidos impecables a jaranearse a los bares. Para allá fuimos a nuestra despedida de París... más adelante sigo con ese tema. En esta visita vimos el barrio diurno: más bien poblado de hasídicos caminando por las callejuelas con sus baguettes y paraguas, que si hacías caso omiso a los Smart Cars que se metían por las callecitas, parecían ser parte de una escena en una película de época... como se visten de negro, muy anticuados, con sombreros de ala y los edificios no han cambiado, las callecitas siguen siendo chiquitas y de adoquines... era como transportarse a otra era.

Nos instalamos a comer tabouli, hummus, felafel y otras delicatessen en Chez Marianne... no era tan fabuloso que digamos pero ya estábamos muertos de hambre. Llegamos felices y contentos a Notre Dame a la hora de concierto. La catedral por dentro estaba iluminada con arañas de “velas”, una luz muy tenue y meditativa. Las voces de los cantantes resonaban en la acústica impecable del edificio. Las sentías vibrando en el pecho. Seguíamos las letras en el programa para ver qué decían en latín. Me parecía fabuloso como entonaban cada sílaba, alargándola de modo que una oración de cuatro frases demoraba 10 minutos en cantarse. Mi-i-i-i-i-mi-i-i-i-mi-i-i-i-se-e-e-e-e-e-e-se-e-e-e-e-e-ri-i-i-i-i-ri-i-i-i-i-cor-o-o-o-o-o-cor-di-i-i-i-i-i-i-i-i-i-a-a-a-a-a-a-a (misericordia, para los impacientes!).

No nos quedamos hasta el final del concierto porque había tanto por ver todavía y teníamos sólo 3 días más, así que nos salimos muy discretamente y tomamos el metro hasta la estación Charles de Gaulle Étoile. Para qué les cuento nuestra impresión cuando íbamos subiendo a la calle por la escalera mecánica y se apareció frente a nosotros el Arco de Triunfo! Además estaba iluminado de azul... no.... muy impresionante. Estuvimos largo rato admirándolo, pensando en Napoleón y en Haussmann, urbanista responsable de las vistas impresionantes desde monumentos como el arco de triunfo, del cual salen 12 avenidas, formando un sol o estrella. Una de las avenidas es Victor Hugo, donde vivió el Elo en el número 23. Esa fue nuestra próxima parada. De ahí nos fuimos caminando por las callecitas de ese barrio, el 16º, que es muy elegante. Los jacarandas en flor estaban por todos lados y el olor era delicioso. Bajamos por la Avenue D’Iena hacia la dama de París: la torre Eiffel. Cuando la divisamos a la distancia, entre los edificios residenciales, nos pareció mucho más alta e impresionante de lo que nos habíamos imaginado. Además tocó la casualidad que justo había dado la hora y siempre que da la hora pasa de estar iluminada entera azul a resplandecer con mil luces, como si hubiera un millón de turistas sacando fotos con flash desde la torre. Se veía hermosa.

Cruzamos el puente hacia la torre, realmente impresionados con ella. Se la ve en tantas fotos y es como tan cliché su imagen, pero cuando la tienes en frente... no sé... fue como ver a una estrella de cine. Además, desde el punto de vista arquitectónico, su diseño es tan simétrico que te da una sensación de tranquilidad. No tiene igual, no hay nada que hacer.

Ya saciados con tantas vistas y caminatas, y con los pies ultra adoloridos, corrimos a coger el último metro de la noche (eran las 12 y media!) de vuelta al hotel, donde bajamos las fotos a la computadora, nos tomamos una copita de vino y caímos muertos.

El miércoles por la mañana nos despertamos temprano para poder ir a la McOffice antes de hacer el tour de París. Era otro día gris en París. La vista de la ventana del hotel no era bonita pero sí mostraba a la perfección lo bullicioso y la actividad de la ciudad. Si abríamos la ventana, el ruido era ensordecedor. Después de revisar correos y ponernos al día con la chamba, partimos al metro hacia la rue de Rivoli, donde frente al Jardin de Tuileries nos esperaba el bus. El tour no me gustó mucho, aunque sí se aprenden muchas cosas escuchando la grabación, pero la verdad es que París es para recorrerla a pie. Es una ciudad tan compacta y linda que vale la pena conocerla en persona, y no desde la ventana de un bus. El bus sólo paró en la Torre Eiffel, su destino final antes de regresar a la rue de Rivoli, pasando por St Germain, la plaza de la Concordia, el Louvre, el Grand Palais y el Petit Palais, la Opera, Place Vendome (el Ritz), Palais Royal, Notre Dame... en fin, muchos de los mismos lugares que habíamos visto el día anterior y muchos otros que no alcanzamos a volver a ver y que definitivamente merecen otra visita (me iría mañana mismo!).

En nuestra segunda visita a la torre Eiffel, esta vez de día, pudimos verla desde otra perspectiva. La noche anterior la habíamos mirado desde el Palais de Chaillot, al otro lado del Sena. Esta vez la vimos por detrás, desde el Champ de Mars (donde está la escuela militar). Qué belleza....

Una vez que regresamos al punto de inicio del tour en la rue de Rivoli, nos fuimos caminando bordeando el Jardin des Tuileries y entramos al patio del Louvre. No sé, en mi ignorancia, pensé que era un museo cualquiera - mentira, no cualquiera, pero definitivamente no tan espectacular como finalmente era. Qué locura!! El Louvre es como una ciudadela, un fuerte abierto, con un patio ENORME. En algún momento de la historia, en ese mismo lugar, estaba el Palais de Tuileries, pero lo quemaron los extremistas de la Comuna de París en 1871 dejando el patio abierto y despejando la vista en línea recta desde el Louvre al Arco de Triunfo. Averiguamos cuánto costaba entrar y vimos que en las tardes daban descuento, por lo que decidimos regresar en la noche, luego de almorzar en Les deux magots y de chequear los mails en la McOffice.

Partimos hacia St Germain cruzando el Pont du Carrousel, caminando hacia el este bordeando el río en la rivera sur hasta la calle Bonaparte. Por ahí bajamos hasta St Germain de Prés, y al frente estaba nuestro premio: un lindo bistro con sillas afuera, todas apuntando hacia la calle con una que otra mesita adelante. Es una de las cosas que más nos chocó al llegar a París: lo mucho que la gente te mira. Y no te piden perdón, no les interesa. Si estás en frente suyo te miran de arriba a abajo. Para este, nuestro segundo día en esta linda ciudad, ya no sólo estábamos acostumbrados, sino que nosotros estábamos haciendo lo mismo. La posición de las sillas en Les deux magots lo decía todo. Para que mirar a tu compañero de mesa cuando tienes a tanta gente caminando por las calles con quien divertirte! Nos sentamos ahí afuerita y nos tomamos unas cervezas que parecían piscinas y luego Andrés se comió un sándwich club y yo una omelet y una ensalada de tomates tan rojos que les tuve que sacar foto. Ñam! Una vez satisfechos, caminamos hacia el metro Mabillon donde agarramos el tren al hotel. Eran unas pocas cuadras pero estábamos cansados con tanta caminata.

En la tarde, después de los deberes, partimos al Louvre otra vez, con su impresionante pirámide de 666 cristales. ¿Han leído ya el Código Da Vinci? Bueno, total que la entrada no costaba gran cosa y no había ninguna cola para entrar a las galerías permanentes (había una colaza para la exhibición del momento pero hay tanto que ver en las otras galerías - incluida la Mona Lisa y la Venus de Milo - que decidimos partir por ahí). Qué edificio más inmenso, por Dios! No había forma de verlo todo. Escogimos el ala Denon, donde estaba la gran galería (y la Mona Lisa) y no nos arrepentimos. Nunca pensé que me impresionaría tanto ver las pinturas que alguna vez estudié en Historia del Arte. Una tras otra, colgadas de la pared, pinturas con tanta historia; sus autores, nombres tantas veces escuchados. Nos habían dicho que la Mona Lisa no nos sorprendería, que era mucho más chica de lo que se imaginaba uno, que con suerte la veríamos pues las hordas de gente que la iba a ver eran tantas que hacías cola para tener un tête-à-tête con la dama de la sonrisa misteriosa. Pero no fue así. Claro que había gente, pero nunca tanta. Estuvimos parados directamente en frente de ella varios minutos, tratando de ver a quién nos hacía recuerdo... divertido pensar que cuando se la robaron, sospecharon que Picasso podría haber estado involucrado! Y que años después un boliviano le tiró una piedra dejándole una marca en el codo! Pero ya no la puede dañar nadie: está resguardada por un vidrio antibalas.

Más impresionante que la Mona Lisa es el cuadro que cuelga directamente en frente de ella: Le nozze di Cana, de Veronese. Es una pintura enorme, de unos 10 x 7 metros y a full color. El tema de casi todas las obras de esta galería era claramente religioso. La Iglesia mandó a hacer muchas de estas pinturas (financiándolas) pero no siempre era el tema predilecto del pintor. Además algunas son tan colorinches que si fueran pintadas hoy diríamos que son kitsch. Pero el arte no es sólo lo que se ve; es también lo que nos dice de la época en que se creó y del autor. Con eso en mente recorrimos el resto de la gran galería y el resto del ala Denon. En muchos de los lugares no se permitía sacar fotos pero pudimos fotografiar la Victoria de Samothrace y la Venus de Milo (para nombrar las más famosas). Es realmente un privilegio poder fotografiar esculturas de cientos de años en una luz tan maravillosa como la que entra por las ventanas del Louvre. Además de ser un excelente ejercicio para estos fotógrafos aficionados, armados con mi camarita digital - con la que sólo sacamos fotos en manual. Es genial poder ir cambiando los settings y ver de inmediato el resultado, el efecto que tiene cambiar la velocidad de la película, la apertura del lente... muy entretenido.

Cuando salimos del Louvre ya se estaba poniendo el sol, en medio del arco de triunfo de Carrousel (un arco de triunfo más chiquito que queda en frente del Louvre). Ya era muy tarde para entrar al Jardin des Tuileries por lo que caminamos otra vez hacia St Germain, esta vez bajando por la calle de la Moneda de Paris que hedía a orina (buaj!), hasta que encontramos un restorancito que nos tincó y ahí nos instalamos a comer. De ahí navegamos por las callejuelas del 6º arrondissement hasta encontrar un bar choro, y me tomé una copa de champagne con esencia de rosa que estaba increíble. Ya de vuelta en mi cama en el hotel, empecé a leer el Código Da Vinci. Y creerán (los que no lo han leído) que empieza en el Louvre? Pues, para qué les cuento mi emoción de JUSTO HABER ESTADO AHÍ HORAS ANTES!!

Al día siguiente, después de la rutina matutina en la McOffice, tomamos el metro hacia el norte de la ciudad, a la Basílica de Sacre Coeur. Diseñada por Abadie, completada en 1914 pero no consagrada sino hasta después del final de la 1ª guerra mundial cuatro años después, es una basílica de estilo romano-bizantino que está sentada sobre el punto más alto de París: Montmartre. Para llegar ahí tomamos el metro hasta Anvers y de ahí empezamos a caminar hacia la salida para caminar hasta el funicular que nos llevaría hasta la cumbre. Camino a la salida vimos que un montón de gente esperaba al lado de un ascensor. Decidimos tomar el ascensor con ellos, sin saber a dónde nos llevaría, pero resultó muy buena movida porque para salir de esta estación de metro hay que subir MUCHAS escaleras. Montmartre está en el arrondissement 18 y desde su cumbre se tiene una de las mejores vistas de París (una de las mejores, porque la de la torre Eiffel me parece mejor... más sobre esto más adelante).

Camino al funicular encontramos un barcito donde nos sentamos a tomar una 1664 (la cerveza que no nos había gustado en nuestra primera noche, ¿recuerdan?), sentados al lado de una pareja muy hippie de California. Él tenía el pelo y la barba largos, con anteojitos para el sol redondos y chiquitos, tipo John Lennon, y vestía una camisa multicolor tie-dye. Ella, nativa, canosa de pelo largo amarrado en una cola, con unos aretes espectaculares. Conversamos poco rato y luego nos volvimos a encontrar con ellos en tres o cuatro ocasiones durante el resto del día. Tanto que ella nos sacó una foto después de uno de los encuentros, en una de las mil crêperies que hay en el pueblito de Montmartre.

El funicular nos llevó el resto del trayecto hasta la cumbre desde donde gozamos la vista de París, identificando los techos más conocidos ayudados por una práctica foto numerada que hay en el mirador.

La basílica en sí es realmente linda, blanca e imponente, y su estilo arquitectónico, aunque la iglesia fue construida hace no tanto, deja la impresión de que ha estado ahí por muchos más siglos.

El pueblito a su izquierda es una monada, aunque nos sentimos acosados por los artesanos que te persiguen para pintar o dibujar tu retrato. Provocaba decirles “tschüss” como a las ardillas. Encontramos una galería de arte con la obra de Dalí y Picasso pero Andrés encontró que si el Louvre costaba sólo 6 euros, pagar 10 por una galería pichiruchi no valía la pena. Algún día volveré...

Decidimos bajar a pie el cerro y respirar el aroma de los jacarandas... mmmm... pura primavera, y en vez de tomar el metro, cruzamos el Boul. de Rochechquart hacia el 9º arrond. donde visitamos la sinagoga más vieja de París y las Galeries La Fayette, una especie de Macys, que tiene un domo de cristal a colores que es impresionante. Ya agotados, pues Andrés estaba cargando la mochila con la cámara de cine y toda su película, decidimos tomar el metro en St Lazare hasta la torre Eiffel, para nuestra tercera y última visita (esta vez hasta la punta).

La cola para subirla a esa hora, el atardecer, no era tan grande; en veinte minutos estábamos a bordo del primer ascensor. Pero la cola para el segundo ascensor, que nos llevaría a la punta, sí que fue larga. Me dolía tanto la espalda cuando por fin nos encontramos en el mirador abierto, junto con otros miles de turistas. Pero la vista desde ahí me curó todos los males. Con el sol ya dorado, próximo a ponerse, el Sena resplandecía y los edificios color crema que hay por toda la ciudad se veían anaranjados, con sus contornos perfectamente delineados por la sombra del atardecer. Creo que ahí me terminé de enamorar de París.

Luego de la larga cola para bajar otra vez al segundo piso de la torre, decidimos terminar de bajarla a pie. Qué brutos que no nos dimos cuenta que estábamos nada más en la mitad de la torre... pensábamos que estábamos mucho más abajo. Cuando terminamos de bajarla ya no podíamos mover los pies... Gateando, fuimos a tomar el Batobus (un barquito que te lleva por el Sena que te puedes subir y bajar en cualquiera de sus paradas), pensando bajarnos frente al hotel. Ya no teníamos casi plata - nos faltaban 2 euros para pagar el ticket. Con el problema de la tarjeta de crédito, todo lo teníamos que pagar con efectivo y volaba de nuestras billeteras, qué horror. Ahí se da uno cuenta de lo que está gastando... sino, con la tarjeta es demasiado fácil. Lamentablemente el último barquito había zarpado cinco minutos antes de llegar. Un poco aliviados porque no sabíamos de donde sacaríamos para el ticket, pero también apenados porque ya no había mucha oportunidad de hacer el viaje en barco (y odiando tener que subir las escaleras del malecón a la calle y cruzar el río para agarrar el metro), nos dispusimos a movernos en dirección al Palais de Chaillot. Ya no jalábamos. Las piernas las teníamos súper adoloridas y mis talones, con la inflamación, parecían estar incendiándose. Pero logramos llegar a la terraza del palacio, y nos sacamos una súper foto con la torre atrás. Llegamos casi gateando al hotel esa noche.

Decidimos ir a chequear mails al McDo y a comer por ahí cerquita. Terminamos saliendo a comer retarde pero encontramos un restaurancito a dos cuadras donde comimos muy rico. De ahí, a la cama rendidos!

Nuestro último día en París, viernes, teníamos una conferencia telefónica con México justo en la mitad del día. Esto nos obligó a salir temprano a recorrer el barrio donde nos habíamos quedado, el quartier latin, que irónicamente era el que menos habíamos caminado. Visitamos esa mañana el Jardin des Plantes, donde saqué muchas fotos para compartir los hermosos jardines con mi mamá, la Place de la Contraescarpe, una plazoleta hermosa rodeada de bares universitarios, y el Panteón, impresionante porque está en medio de la calle, como si nada y es un tremendo edificio (donde están enterrados Victor Hugo, Voltaire, Emile Zola, Rousseau, Marie Curie, entre otros) modelado como el panteón de Roma. Es fuera de serie.

Pasamos por el lado de La Sorbonne y cruzamos hacia el Palacio de Luxemburgo cuyos jardines son una verdadera maravilla. Tienen sillas a todo su alrededor y la gente viene a comer sus sándwich, a leer, pensar, “almorzarse” como dice la Ufa, y a gozar de las hermosas vistas. Ya apurados porque se acercaba la hora de la conferencia, corrimos hacia St Sulpice, una iglesia casi del mismo tamaño que la catedral de Notre Dame que tiene una fama de misterio e intriga por ser supuestamente la sede de una secta secreta (para mayor información, lean el Código Da Vinci, que está basado en esta teoría).

Corrimos al hotel a hacer la conferencia telefónica, la que duró mucho menos de lo esperado, y partimos hacia el Centro Pompidou, un edificio ultramoderno que es la casa del museo de arte moderno de París, donde nos íbamos a encontrar con Alastair, primo de nuestra amiga Marina, a tomar un trago. Resultó que justamente era el día de su cumpleaños, por lo que después de unos vinos, fuimos a Le Marais a seguir el festejo. Esa noche Alastair nos contó de las raíces gay del barrio judío. Y claro, de noche se nota mucho más. Por doquier hay bares y clubes gay, con todos los hombres guapos de la ciudad, ultra bien vestidos, pasándola fenomenal. En el bar donde nos encontramos con los otros amigos de Alastair conocimos a otro grupo de gente y se armó la fiesta. Alastair nos había invitado a ir a cenar con él y sus amigos pero a Andrés le dio pena caerle de paracaidista y decidimos quedarnos en el bar e ir a cenar por nuestra cuenta. Pero sentí que Alastair quedó un poco enojado con nosotros por no acompañarlo, después de habernos llevado hasta este bar, y decidimos finalmente encontrarnos con él en el restaurante.

Nos dio instrucciones de cómo llegar pero no tenía donde apuntar y se me olvidó por completo el nombre de la calle. Sólo sabía que teníamos que ir por la rue du Faubourg. Pues terminamos pasándonos y llegando hasta la Place de La Nation... yo con tacos ya no podía más. Pero al final nos encontramos y comimos y bebimos delicioso en este restaurante de la calle de Citeaux. Al final de esa excelente jarana, nos tomamos un taxi de regreso al hotel.

El sábado por la mañana hicimos las maletas, chequeamos emails y partimos al Gare du Nord a tomar el tren a Londres. Teníamos mucha nostalgia en nuestro viaje en el metro pero de repente se subió un viejo con un parlante y enchufó su micrófono, apretó play y se largó a cantar Guantanamera! Y con acento francés francés - es decir no habla ni jota de español!! Jamás nos esperábamos un show de despedida!! Estuvo genial, cantamos a coro con él (él feliz, por supuesto), y pedimos un encore. De cierre cantó “Down by the Riverside”, por supuesto sabiéndose la letra fonéticamente, y nos desternillamos de la risa con su versión de esta canción (ain gonna sadi wo no mo....). Fue el broche de oro a una de las mejores semanas de nuestra vida.

Continuará...

Sunday, May 21, 2006

EUROPA: De Toronto a París

Llegamos de vuelta a Toronto hace sólo 4 días y ya los días pasados en Europa parecen haber sido un sueño. ¿Por qué pasará esto cada vez que uno viaja? Antes de olvidar los detalles de nuestro viaje, y ayudada por fotos y boletas, lo intentaré reconstruir aquí para compartirlo con ustedes. Nuestro primer viaje a Europa juntos.

Luego de la locura de la semana anterior al viaje, en la que trabajamos de intérpretes en la conferencia internacional de investigadores de fugitivos, partimos rumbo a Suiza a la medianoche del jueves, 4 de mayo. Agotados por el trabajo, que había terminado esa misma tarde, y por el trajín de los preparativos para dejar la agencia de traducción en manos de nuestra fiel colega y amiga Marie Jo, nos tomamos unas pastillitas mágicas, adelantamos nuestros relojes cinco horas y rápidamente nos quedamos dormidos. Ni Andrés ni yo, generalmente viajeros nerviosos, sentimos miedo o nervios con el despegue o la turbulencia. La razón fue la mezcla de cansancio y expectativa.

Despertamos una hora antes de aterrizar en Londres, donde tomaríamos el vuelo de conexión a Zürich. El aterrizaje tampoco nos puso nerviosos. Nuestra tranquilidad ayudó a meternos en onda de vacaciones. ¡No podíamos creer que estábamos finalmente en Heathrow! Encontramos un restaurant que servía desayuno, pese a que en Londres eran ya las 12 del día. Andrés y yo compartimos un platazo de huevos revueltos, tostadas, frijoles y champiñones. Mientras yo opté por un café, Andrés decidió que qué mejor manera de acostumbrarse al cambio de hora que hacer lo que los londinenses estaban haciendo: tomar cerveza.

Andrés compró una tarjeta de celular prepagada con un número de teléfono londinense. Nos pareció carísima pero era la única manera, pues Marie Jo tenía que poderse comunicar con nosotros. De ahí corrimos a tomar el avión a Zürich, que salía a un cuarto para las dos de la tarde.

El vuelo de Londres a Zürich es cortito – menos de dos horas. Llegamos al Flughafen Zürich a las 4 y media y adelantamos nuestros relojes una hora más. En el aeropuerto se respiraba serenidad. Ultra moderno, con mucha madera lustrada, metal y vidrio, no tenía nada que ver con la locura de Heathrow. La gente caminaba en silencio y el único ruido que se escuchaba era el de los zapatos contra el piso. Después de pasar rápidamente por inmigraciones – donde tuvimos que pedir que nos estamparan el pasaporte (¿Primera vez en Suiza? nos preguntó el oficial.) – divisamos a la Mamina que nos esperaba con una rosa y los brazos abiertos. ¡Qué rico apachurrarnos después de casi seis años!

En el auto nos tenía chocolates, jugos y agua del Migros para el “Tour de Suisse” al que nos llevaría antes de emprender rumbo hacia Berna. Partimos con lo que pensamos sería una vueltita a Zürich, pero entre el tráfico del rush hour y lo enredado de las calles – donde nunca podíamos doblar hacia donde queríamos ir y terminamos dándonos mil vueltas para llegar a la carretera de salida – la “vueltita” terminó atrasando nuestra llegada a Lucerna por un par de horas. Mientras que Zürich era moderna y bulliciosa, Lucerna era mucho más turística y pintoresca. Estacionamos el auto y caminamos al borde del canal, por las callecitas retorcidas de adoquines, cruzando el famoso puente Kapellbrücke que data de 1333 y que los japoneses ayudaron a reconstruir en los 90 después de que un incendio lo destruyó, pues es tradicional que las novias japonesas se saquen fotos en ese puente. Ya había oscurecido cuando cruzamos el puente y es un poquitín siniestro porque es entero de madera, techado y en las luces del techo se veían telas de araña gruesas de las que colgaban unas arañas gigantes!! La Mamina y yo lo cruzamos notando los cartelitos de no fumar que se habían puesto después de la reconstrucción, mientras Andrés se quedó atrás sacando fotos. Después de unos minutos lo divisamos cruzando el puente – con su cigarrillo encendido y muy calmado!! Obviamente no había puesto mucha atención al cuento del incendio…

Buscamos como locos el restaurant que había recomendado la Susanne, pero luego de seguir las indicaciones de dos residentes despistados, terminamos en un restaurant diferente, uno italiano, donde comimos riquísimo.

De ahí nos fuimos de regreso al auto, deben haber sido como las 10 de la noche. Ya era muy tarde para cruzar el paso del Brünig así que la Mamina optó por la autobahn y manejó las casi dos horas hasta Münsingen mientras Andrés, rendido por el jet lag, roncaba en el asiento de adelante, y yo – apenas logrando mantener los ojos abiertos – le conversaba a la Mamina para que no se quedara tampoco dormida. Fue un verdadero alivio llegar a su casa al fin, donde nos despabilamos un poco y nos sentamos a compartir una copita de vino con Jakob, que nos esperaba en pie junto con David y la Mitza. Al poco rato llegó Susanne también. Qué increíble fue ver a mis primos, ya adultos. En sus caras y gestos reconocí los sellos familiares e inmediatamente me sentí “en familia”. Finalmente nos fuimos a dormir a eso de las 2 de la mañana… le habíamos sacado el jugo al día, a pesar del jet lag pero ya estábamos quedándonos dormidos sentados. Ni sentimos los aullidos de la Mitza – quien se pasa las noches llorando como un bebe.

El día siguiente, sábado, Jakob nos hizo a todos un increíble desayuno. Esa mañana conocimos a Tom, el novio de Susanne, que me pareció un chico muy simpático y maduro. Nos desratizamos y partimos con la Mamina en el tren a Berna. Los brutos sólo llevábamos euros, olvidando por completo que Suiza no era parte de la Unión Europea. Ahora nuestras tarjetas del banco no funcionaban y la tarjeta de crédito requería de una contraseña para sacar plata en moneda local. Finalmente logramos sacar plata con mi tarjeta de crédito, pero sería sólo el comienzo de nuestros problemas con las tarjetas. Si no se viaja, es difícil darse cuenta de la necesidad de estandarización que existe en este mundo. Los enchufes en Inglaterra, por ejemplo, son diferentes a los de Francia y Suiza. Ya sabíamos que la corriente era diferente y nos habíamos traído un kit de transformador y adaptadores para enchufar nuestros aparatos electrónicos, pero no teníamos idea que en Inglaterra se usan enchufes de tres patas. Encima, en Francia las máquinas por donde pasan las tarjetas de crédito leen el chip en vez de la banda magnética - no hay necesidad de firmar nada, pues todos usan su PIN en las máquinas portátiles para autorizarlas. Los WC no tienen palanca sino botones, a veces uno grande y otro chico, dependiendo de cuánta agua se necesite para vaciarlo, y en Inglaterra tienes que prácticamente bombear e agua del WC para tirar la cadena – en vez de bajar la manilla una vez, lo tienes que hacer varias para conseguir el flujo de agua deseado!

La ciudad de Berna nos pareció de cuento, con callecitas y torreones, relojes con personajes que al dar la hora se animaban. Además que la primavera estaba en pleno, todo floreado, tulipanes de todos colores por todas partes, y todo verde. Los jardines eran una maravilla. Nos paseamos la ciudad con la Mamina, visitando a los osos símbolo de la ciudad (bear = berne), tomándonos un cafecito en uno de los muchos cafés abiertos en las calles. También fuimos al Migros – visita obligada – a comprar shampoo y otras cosas que nos habíamos olvidado. Jakob nos dio el encuentro y partimos a un restaurant a comer Rösti, un plato típico de Suiza, hecho con papas ralladas y queso y lo que se quiera poner encima. Se sirve en el plato en el que se horneó. Estuvieron de película.

Después de la comida, partimos a encontrarnos con los chicos, quienes nos esperaban en el teatro donde veríamos un show de música folk irlandesa. Al final, el show no tenía mucho de irlandés… era más bien un show de danza moderna con toques de riverdance, y los bailarines dejaban mucho que desear… la Mamina estaba furia, y con justa razón. Los chicos empezaron a molestarla preguntándole si les iba a escribir una carta quejándose, pues al parecer la Mamina no se queda callada si algo no le parece. Me dio risa porque yo hago lo mismo. Mono que no llora, no mama. En el intermedio decidimos no quedarnos para la segunda parte y partimos los 7 a una cervecería local donde nos tomamos unas chelas y pasamos una rica noche, riendo y conversando, conociéndonos un poco más con los primos y con Jakob. Otra vez nos acostamos tardísimo esa noche. Susanne horneó unos brownies al llegar a la casa y nos quedamos hasta las 2 de la mañana conversando y tomando vino. Esa noche sí escuchamos los aullidos de la gata… ¡qué horror! No sé cómo duermen con ese barullo.

El domingo, día del “no-cumpleaños” número 50 de la Mamina, nos despertamos tarde. Después del desayuno, animado por la “búsqueda del tesoro” en la que David mandó a la Mamina para encontrar su regalo, nos fuimos a Thun a tomar el barco a Interlaken. Ya era bastante tarde por lo que no tendríamos más que 20 minutos para pasear en Interlaken, pero el viaje en barco ya era panorama suficiente para nosotros. Nos equivocamos con la hora de salida del barco y tuvimos que hacer hora caminando por el borde de un riachuelo. El olor de la flor de la pluma impregnaba el aire y nos divertimos mirando a los patos, las casas preciosas al borde del río… todo era perfecto.

El viaje en barco fue delicioso. Al principio llovía así que nos metimos al comedor del barco y nos tomamos un goulash con pancito… deli. Pero al poco rato salió el sol y salimos a cubierta a gozar del paisaje. ¡Qué maravilla de paisaje! El día nos tocó dramático: unas nubes gigantes por las que se asomaba un sol espectacular. El paisaje era de ensueño: montañas perfectas, acantilados, un lago con aguas turquesas, casitas perfectitas, vacas y ovejas con sus cencerros pasteando en la orilla del lago – una maravilla. Fue delicioso compartir esas horas en el barco con los primos, conversar harto y conocernos. Sacarnos fotos, filmar un poquito, y conversar por teléfono con mi mamá y la Karla que llamaron a felicitar a la “no-cumpleañera”. Después del delicioso paseo, volvimos a la casa, pasando antes por el departamento de los novios. El departamentito es una monada, en el último piso de una casa campestre, con su balconcito donde obligadamente tienen que poner macetas con flores, como parte del contrato de arriendo. Fue super lindo poder conocer el lugar donde Susanne y Tom vivirán juntos después del matrimonio en septiembre. Nos despedimos ahí de Tom pues ya partíamos a París al día siguiente y no nos volveríamos a ver. Susanne no comería con nosotros esa noche pero nos acompañaría a Berna a la mañana siguiente a tomar el tren a Ginebra. Volvimos al departamento donde Jakob y la Mamina nos cocinaron un delicioso raclette y nos sentamos con David, los cinco, a comer muchas papas y queso con hierbitas y especias, y a compartir una botella de vino de la viña Arana – MUY RICO.

Preparamos las maletas pues al día siguiente partiríamos tempranísimo a tomar el tren a Ginebra. Enchufé con el transformador el cargador de pilas para la cámara, pero no me fijé que el transformador era sólo para secadores de pelo y lo quemé… carajo. Después la Mamina encontró uno viejo que tenía. Felices pusimos a cargar las pilas pero cuando pasaban las horas y las luces no se apagaban, nos dimos cuenta que era para otro tipo de pilas… ¡merde! Finalmente decidimos comprar pilas desechables en Ginebra. Entre aullido y aullido de la Mitza, nos quedamos zeta.

El lunes por la mañana nos despertamos tempranísimo. Después de un desayuno relámpago nos despedimos con un abrazo de oso de David y partimos con Jakob a la estación del tren. Susanne nos dio el encuentro ahí. Nos despedimos de Jakob felices de haberlo conocido. Me pareció un hombre super bueno, que quiere mucho a la Mamina y que es un buen compañero, ayudando en todo siempre. Se nota que, pese a haber pasado por momentos fregados, se tienen mucho amor, y se lo expresan cuando se miran a los ojos. Fue lindo verlos así.

Viajamos a Berna con Susanne y la Mamina, y en la estación del tren nos despedimos de mi prima. Fue un gusto haber podido compartir aunque fuera unos días con ella y David. Los dos nos cayeron super bien y la sensación de estar en familia fue muy rica.

El tren a Ginebra salió a las 9 de la mañana. El día estaba gris y el paisaje cubierto de neblina. La Mamina me había hecho unos huevos duros pero me los guardé para el tren a París. Cuando llegamos a Ginebra, a eso de las 11 y media, había empezado a lloviznar. Empezamos el tour de Ginebra en el Migros, donde compramos paraguas, quesitos y pilas para la cámara. Nos fuimos caminando hacia el lago de Ginebra, buscando además la calle típica de tiendas. En el lago vimos el jet d’eau famoso, que originalmente había sido mucho más chico, y tenía el propósito meramente utilitario de liberar la presión del agua mientras se construía un embalse. Hoy es un impresionante chorro que lanza el agua 140 metros al cielo y es un ícono de la ciudad.

Caminando por el borde del lago, cruzamos el Pont du Mont Blanc hacia la rue de Rive, donde están todas las tiendas, y por donde pasean los banqueros en sus trajes de raya diplomática y sus zapatos de mil quinientos dólares. Como nos contaba la Mamina, debe ser durísimo vivir en Ginebra y no tener plata porque todos se visten como modelos y todo es carísimo.

Paseamos por la parte antigua de la ciudad hasta encontrar un restaurant donde invitamos a la Mamina a almorzar. Los meseros del restaurant eran unos antipáticos, pero la comida estuvo riquísima. Los gnocchi que se pidió Andrés estaban tan ricos que los inmortalizó en una foto. Nosotras comimos pizza, también deli, y los gorriones que nos vinieron a “gorrear” nuestra comida (super atrevidos), se sirvieron un banquete de los restos de la corteza de la pizza.

De ahí, fuimos al correo a enviar una postal a los Clunies, nuestros amigos que estaban cuidando a Lucas, y una a nosotros, para tener de recuerdo al regreso. Nos tomamos el bus hasta el Palais des Nations de la ONU, que jurábamos era la sede principal, y de ahí de vuelta a la estación del tren a dejar a la Mamina que se iba a tomar el tren a Thun. Nuestro tren a París no salía sino hasta las 6 así que teníamos una hora y media para seguir turisteando, pero optamos por sentarnos en el patio de un bar a tomarnos una cerveza pues estaba empezando a llover más fuerte y me dolían mucho los pies (tengo una inflamación a los ligamentos de los tobillos que me quedó del embarazo). Las únicas otras personas que estaban sentadas en el patio eran tres hombres con un bebé en un cochecito. A los pocos minutos de sentarnos en el patio del bar, se acercó un tipo a pedir cambio. Los hombres sentados a nuestro lado lo mandaron a freir monos, el tipo reaccionó con groserías y los tres se pusieron de pie y se desató una pelea. Finalmente, el que había pedido el cambio les dijo a los otros, en árabe, que “ya verían” y se puso a llamar por teléfono a la policía. Total que la policía llegó pero se fue al restaurant equivocado, y el tipo que los llamó estaba furia! Tuvo que salir corriendo a buscar a los oficiales y traerlos al local. Entre tanto, el chico que atendía el local se desapareció y nos quedó claro que uno de los otros tres era el dueño del bar y que había una onda muy extraña… ¿por qué se había desaparecido el mesero? Apenas se fue la policía, el chico reapareció… hmmmm….

En fin, después de ese espectáculo, decidimos buscar un cibercafé para chequear los emails. Mientras estábamos sentados leyendo nuestro correo, se largó a llover torrencialmente. Bueno fue que compráramos paraguas! Partimos en la lluvia hacia la estación del tren. A pesar de que no había realmente un oficial de inmigración, sí había que mostrar el pasaporte y el billete del tren. A las 6 partimos a París, un viaje de hora y media. A pesar de lo feo del día, nos tocó ver una puesta de sol espectacular. En el tren nos comimos un delicioso sandwich de jamón en baguette y nos tomamos unos tecitos. Yo además me comí mis huevos duros y uno de los quesitos.

Llegamos a París a las 9 y media, al Gare de Lyon. ¡No podíamos creer dónde estábamos! ¡Qué emoción! Saqué mi mapa del hotel que había impreso con las instrucciones para tomar el metro al hotel. La verdad es que la guía del metro que había impreso en Toronto se veía mucho más complicada de lo que en realidad era. Lo que sí no sabíamos era lo estrecho de todo. Si eres gordo estás sonado. Pasar con la maleta por los torniquetes del metro fue toda una aventura. Llegando nos compramos un carnet de 10 tickets, haciendo caso al consejo de Carmen, una buena amiga que nos había dado muchos datos para París. El metro de París tiene más de 100 años y es un laberinto de túneles y escaleras. Felices de haber llevado sólo una maleta cuando nos dimos cuenta de la cantidad de escaleras que hay que subir y bajar para ir de una línea a otra, llegamos al hotel Libertel Austerlitz, a dos pasos del metro Austerlitz.

Continuará...